- Diversas iniciativas impulsan esta práctica.
Sembrar un árbol es mucho más que colocar una planta en la tierra. Cada árbol representa una oportunidad para mejorar la calidad del aire, proteger las fuentes de agua, conservar la biodiversidad y contribuir a enfrentar los efectos del cambio climático. Por eso, las acciones de reforestación no solo tienen un impacto ambiental, sino que también constituyen una herramienta de educación y compromiso ciudadano con las futuras generaciones.
Este mensaje cobró especial relevancia luego de que el Instituto Costarricense de Electricidad (ICE) celebrara la siembra simbólica del árbol número 25 millones producido en sus viveros, un hito que refleja más de seis décadas de trabajo continuo en favor de la conservación de los ecosistemas costarricenses.
Más allá de la cifra alcanzada, esta iniciativa invita a reflexionar sobre el papel que desempeñan los árboles en la vida cotidiana. Ellos capturan dióxido de carbono, producen oxígeno, regulan la temperatura, protegen los suelos de la erosión y sirven de refugio para miles de especies de animales y plantas. Además, ayudan a mantener el ciclo del agua, un recurso indispensable para el consumo humano, la agricultura y la generación de energía.
La historia de este esfuerzo comenzó en 1956, cuando el ICE impulsó la protección de la cuenca del río Reventazón. Cuatro años después creó el vivero forestal de La Garita, en Alajuela, junto con la Oficina de Propiedades y Reforestación. En ese primer año se produjeron cerca de 40.000 árboles destinados tanto a proyectos de reforestación como a donaciones para escuelas y colegios, incorporando desde entonces un importante componente educativo.
Con el paso del tiempo se sumaron los viveros de Cachí, en Cartago, y Tronadora, en Guanacaste, fortaleciendo la capacidad institucional para abastecer proyectos de restauración ecológica en distintas regiones del país. Estos viveros no solo respaldan las áreas cercanas a los proyectos hidroeléctricos, sino que también suministran árboles para iniciativas comunitarias, educativas y de conservación ambiental.
La producción de árboles responde a un objetivo mucho más amplio que embellecer los paisajes. Según explicó el presidente de Grupo ICE, Marco Acuña, cada árbol producido por la institución contribuye a proteger las fuentes de agua, recuperar suelos degradados, ofrecer refugio a la fauna silvestre y fortalecer los ecosistemas que sostienen tanto la vida como la matriz eléctrica nacional.
Los datos más recientes muestran la magnitud de este trabajo. Solo durante 2024, los viveros del ICE produjeron aproximadamente 510.000 árboles de especies como cedro amargo, cocobolo, nazareno, ron ron, guayacán real, cristóbal, guachipelín y almendro de río. De ese total, 77.000 correspondieron a especies que se encuentran en peligro de extinción o poseen poblaciones reducidas, mientras que otros 172.000 fueron destinados específicamente a proyectos de restauración ecológica.
Estas cifras evidencian que la reforestación también cumple un papel fundamental en la conservación de especies nativas. Al recuperar bosques con árboles propios de cada región, se favorece el regreso de aves, mamíferos, insectos y otros organismos que dependen de estos ecosistemas para sobrevivir.
La educación ambiental juega un papel decisivo para que estos esfuerzos tengan continuidad. Cuando niños, jóvenes y adultos participan en jornadas de siembra, comprenden que el cuidado de la naturaleza no depende únicamente de las instituciones, sino también de las acciones individuales y colectivas. Plantar un árbol puede convertirse en una experiencia que fortalezca el sentido de pertenencia hacia el entorno y fomente hábitos responsables con el ambiente.
En Costa Rica, donde la protección de los recursos naturales forma parte de su identidad, la participación de municipalidades, universidades, centros educativos, asociaciones comunales, empresas privadas y organizaciones ambientales ha permitido que millones de árboles lleguen a comunidades de las siete provincias, multiplicando los beneficios ambientales y sociales.
Cada árbol sembrado representa una inversión para las próximas décadas. Aunque sus beneficios no siempre son inmediatos, con el paso de los años ayudan a mantener el equilibrio de los ecosistemas, protegen el agua que consumen las comunidades y contribuyen a construir un país más resiliente frente a los desafíos ambientales. El árbol número 25 millones del ICE simboliza precisamente esa visión de largo plazo: comprender que cuidar los bosques es, en realidad, cuidar la calidad de vida de toda la población.