jueves, agosto 13

NAVIDADES DE ANTAÑO

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Prof. Julio Vindas Rodríguez

La Navidad llegaba siempre puntual y embelesada, cabalgando sobre una fina llovizna, -pelo’e gato le llamábamos-, y suspendida en alas de una fresca brisa traviesa y juguetona, que irreverente despeinaba las frágiles plantas del jardín de mi abuela; cuando las navidades eran chapuzones en el río; y la infancia desbocada en los potreros  correteando los “peñachos” del viento…

Diciembre era entonces una algarabía de risas en el cafetal, que para nuestra inocente imaginación lucía como un jardín, plantado con todo tipo de árboles frutales, que nos brindaban un improvisado y gratuito banquete de mangos, naranjas, nísperos, jocotes, cases, etc.; y en las tardes soleadas … los “soberanos panzazos” en mi añorado Río Bermúdez, que en ese tiempo era el balneario “a culo pelado” de todos los chiquillos de mi querido pueblo; San Pablo de Heredia; en ese tiempo prácticamente todo el Valle Central, estaba engarzado por pequeños cafetales y grandes fincas de café; y algunos potreros surcados por ríos aún transparentes y risueños, que bajaban del macizo del Barba y de San Isidro de Heredia.

Mi casa, como todas las casitas de ese entonces, – desperdigadas como al descuido entre cafetales-, todas franqueadas de begonias y de helechos; recibían el canto del primer gallo con las puertas y ventanas de par en par; para que el sol , recién despierto y legañoso pudiera pasar como “Pedro por su casa”, y el viento pudiera corretear sin límites ni obstáculos a los últimos duendecillos, espantos y fantasmas, que solían poblar las negras madrugadas;      mientras en la humilde casita de barro donde creció mi infancia, daban inicio los preparativos para las fiestas de Navidad y de fin de año …

Recuerdo –como si fuera hoy-, las campesinas manos de mis tías, desempolvando con “quirúrgico” cuidado las figuras del portal, y yo, con unos ojos de inocencia desorbitada en asombros, recorría con la mirada cada una de aquellas figurillas, que solo se me permitía observar cada fin de año.   ¡Oh ingenua creatividad pueblerina para hacer un portal!: un “pasito con el niño” al lado de una laguna, de la que salía un camino de aserrín bordeado de pequeñísimos arbolitos de cartón que llegaba hasta  una enorme montaña, y al pie de la montaña, -pastando plácidamente-, una gran vaca de plástico; ¡más alta que la  montaña!; mientras en la vieja galera, a fuego lento se calentaba el horno de barro, de donde saldrían los deliciosos biscochos junto con el “pan casero”, y el palmito asado, mientras al fuego de leña, se iban cocinado  los “tamales de chancho”, y otras “exquisiteces” salidas de la afable y sencilla imaginación de mis padres y de mis tías.

Sí; definitivamente dado al carácter festivo y de alguna manera de recogimiento que aún nos insufla la Navidad, y las celebraciones de fin de año, invitándonos a la unión, al encuentro, a la reflexión, al desprendimiento, a la solidaridad, a la compasión; ¡AL PERDÓN!; no está de más rescatar del recuerdo aquellas “otras Navidades” lejanas e irrecuperables, ya perdidas en el horizonte el tiempo, que pasaron como un pájaro de sueños, como aliento lejano, como fugaz suspiro, como pálpito infinito de simple gozo sobre los corazones de los que alguna vez fuimos niños, e intuimos desde nuestra escasa perspectiva de asombro prolongado, el inmanente fervor de saberse útil, querido y valorado; de sentirse un ser humano pleno y realizado; y hoy; de nuevo; ¡SALUDANDO UN AÑO MÁS!; envueltos en estos vientos alisios, en esta fría brisa de diciembre; bajo la frágil llovizna; bajo la inmensa cilampa; bajo el bendito “pelo’e gato” … ¡DE OTRA NAVIDAD!.

¡¡FELÍZ NAVIDAD Y AÑO NUEVO!!

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