jueves, agosto 13

Mujeres educadoras viven entre aulas y ausencias

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Existe una dualidad dentro del MEP: por un lado, trata de desarrollar el valor de la familia en la mente de los educandos mientras, por otro, es factor de división del núcleo familiar de decenas de docentes

Mientras en las aulas las mujeres educadoras alimentan de conocimiento a los ciudadanos del mañana y los preparan para contribuir profesionalmente a sus familias, en sus propias casas se libra una batalla por la unidad que, en ocasiones, se pierde.

Así lo relata Dunia Brais Quirós, maestra de primero y segundo ciclo, quien no puede contener las lágrimas cuando rememora los 22 años de su carrera profesional lejos de sus seres queridos.

Ella ejemplifica la dualidad dentro del Ministerio de Educación Pública (MEP), por un lado tratando de desarrollar el valor de la familia en la mente de los educandos mientras, por otro, es factor de división del núcleo familiar de sus docentes.

Dunia reconoce haber perdido dos parejas debido a la distancia entre sus trabajos y el hogar y lamenta la falta de estudios universitarios de uno de sus hijos, a quien se refiere como un muchacho “que se le salió” de las manos.

El primer lugar adonde fue enviada a dar clases fue Cristo Rey, en 1996, durante unos seis meses y luego, a Monteverde por un año. Finalmente, le dieron plaza en Cahuita, Limón, a nueve horas de su familia.

Ella tenía hijos, pareja, familia materna y paterna, y todos se quedaron en Nandayure.

Su año como docente en Santa Elena de Monteverde lo describe como una “experiencia trágica debido al frío”. Cuando la nombraron en Cahuita, la escuela ni siquiera estaba hecha, funcionaba en una iglesia evangélica.

“Alquilé un cuartito en una zona muy cara para vivir. Llegué con la intención de estar poco tiempo en Cahuita y me dejaron siete años”.

Aunque en esta ocasión su situación le permitió llevar con ella a su hijo menor, el niño casi muere a causa de agua contaminada. “De 40 kilos que pesaba, se lo dejé a mi hermana en Nandayure con 20 kilos. Fue una experiencia muy dura”.

El sacrificio de los hijos fue el mayor de todos. “Se me impidió gozar los cumpleaños, las graduaciones y tantas cosas bonitas con mis hijos. Viajaba si me daban permiso, iba un viernes y llegaba en la noche, a las 10 p. m. Pasaba el sábado y regresaba a Cahuita el domingo a las 4 a. m.”.

Semana Santa, vacaciones o algún fin de semana largo eran los únicos momentos para estar con sus seres queridos.

“Antes no era como ahora, tenía que ir al teléfono público a llamar a mis hijos. De donde yo alquilaba, significaba caminar o ir en bicicleta prestada como a seis kilómetros”.

“Cuando me fui para Limón, hasta me separé, porque el muchacho no soportó el estrés, hasta ahí llegó todo”, reconoce hoy, como también que antes de partir hacia Limón se echó “una llorada y media”, pero sus opciones laborales en aquel momento eran escasas. “Una hacía fila y quería entrar en el sistema. Tenía que empezar por algo, como me decía mi hermana”.

Dunia contaba con 23 años cuando se enfrentó a lo que sería una vida de soledad.

En el Ministerio de Educación Pública (MEP) le dieron dos opciones: aceptar la plaza en Cristo Rey o renunciar a sus aspiraciones.

Como madre y docente, abre su corazón para recordar aquellos sentimientos: “Me fui sola. Un día antes, porque yo no me quería ir. Esperé hasta el último día, y allá un pastor evangélico me guio y ayudó a encontrar una casa. El alquiler era más caro que lo que iba a recibir. Acepté por necesidad”.

No lo soporta más

Dunia Gutiérrez Canales es docente del servicio de apoyo itinerante en audición y lenguaje en Sarapiquí y también es oriunda de Guanacaste. Su labor es fundamental para estudiantes con necesidad de estimulación temprana.

Ella se desempeña en cinco instituciones y debe distribuir el horario según la prioridad del caso. Es decir, brinda servicio en tres circuitos distintos.

Estuvo en Vara Blanca de San Miguel, muy cerca de Nueva Cinchona, y era extremadamente lejos. Sin bus, sin taxi, sin medio de transporte público, se vio en la obligación de tomar dinero de su salario para comprar un carro.

“Me había ido a estudiar a Heredia. Tenía unos añitos de haber salido de la U y concursé en Sarapiquí porque la regional era parte de la regional de Heredia. Yo concursé para todos los circuitos de Heredia”.

La lejanía le complicó la vida demasiado y dejó de estudiar. Ahí no había ni señal para llamar por teléfono hace 15 años. Las clases eran presenciales, el Zurquí lo cerraban con frecuencia y llovía a menudo. Eso la afectó y, por ello, dejó de estudiar; hasta el 2016 retomó su carrera.

Dunia cayó en depresión, y cuando iba a renunciar, una señora le dio ánimo para que hiciera su mayor esfuerzo y se fue a vivir donde ella.

“Lloraba todos los días, me acostaba a dormir a las 6 p. m. Los viernes llegaba llorando a la escuela y el director me decía que diera las lecciones, que no llorara”.

Hablaba con su familia solo los fines de semana que se iba para Heredia. Se trasladaba, dependiendo de las fechas, a Guanacaste en vacaciones o fines de semana largos.

Ya cumplió 15 años en Sarapiquí. “Mi papá me recalca que la distancia ayuda al olvido. Yo le digo que no, porque siempre estoy pendiente de ellos. Ahora todos los días hablamos por teléfono, por videollamada”.

Lamentablemente para Dunia, en el país hay muy pocos códigos para profesionales en su especialidad. Ella trabaja principalmente con personas no oyentes y en su Guanacaste natal solo hay un código para itinerante.

“Estoy muy cansada porque uno está en constante movimiento. Hay directores que no comprenden que el servicio es de pocas lecciones, el avance no se ve mucho porque damos pocas lecciones”.

Ella quiere estar cerca de su casa, de su familia, en un aula con muchos recursos, en un ambiente laboral que la haga sentir más integrada al equipo.

Responsabilidad compartida

Amira Berger Vega, abogada y asesora legal en el MEP, empezó como interina en el 2010, en Limón y con propiedad en el 2013, en Nicoya.

Nació en San José de padres liberianos. Creció y estudió en Liberia, y dio sus primeros pasos profesionales en los Tribunales de Justicia de Liberia.

Su primer nombramiento en propiedad fue en Nicoya, en 2013, pero ya vivía en Guápiles porque se casó con una persona de ese distrito.

Viajaba los viernes a Guápiles para lavar uniformes, comida y ver a sus hijos. Volvía los domingos en la noche para trabajar en la Regional de Nicoya.

Tenía a su hija menor en primer grado y le pesaba mucho pensar que era mala porque no estaba con ella y sus otros hijos mayores que cursaban octavo y noveno año.

Hasta la fecha, en ciertas festividades, se recuerda la anécdota de la maqueta que tenía que hacer su hija menor y que los mayores terminaron de madrugada porque a la niña se le olvidó. El papá fue a comprar todos los materiales a las 6 de la tarde y ellos empezaron a esa hora a diseñar la maqueta.

“Lo de los días festivos lo tomé como algo positivo gracias a la sabiduría que Dios me dio. Siempre he visto la parte de la ausencia con otros ojos, pues perdí a mi papá hace mucho tiempo y uno tiene que fortalecer a los hijos para el mañana”.

“Recordamos lo de la maqueta como algo jocoso, lo usé como elemento positivo para ellos”.

Amira no le achaca toda la culpa al sistema por los muchos kilómetros que hubo entre ella y sus hijos, que en su caso fue un lapso muy corto.

“Trabajar en el MEP tiene dos aristas. La primera somos nosotros, los trabajadores. Vamos a cualquier parte del país con tal de tener un nombramiento y un ingreso fijo. El sistema obedece a ese reclutamiento que hacemos, sin contar con el hecho de que si yo hago mi oferta de servicios para todo el país, incluyendo Guanacaste, el sistema dirá que cumplo requisitos, estoy bien preparada para determinado lugar”.

“En esa entrevista que hacen, donde ponemos dónde vivimos, se debería seleccionar si efectivamente esa persona va a quedarse ahí o no. No va a resultar beneficioso”, asegura esta abogada para quien cada uno debe sopesar lo que desea y lo que el sistema puede ofrecer sin sacrificar la familia. Ella es del criterio de que el docente debe seguir estudiando, no estancarse profesionalmente, para tener mejores opciones a la hora de buscar una plaza en una zona más cerca de su familia.

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