La segunda película de la cineasta Antonella Sudasassi fue elegida para representar a Costa Rica en las competencias de los Premios Oscar y Goya.
Mario Giacomelli
Crítico de cine
Estrenada en el marco del prestigioso Festival de Berlín, donde se alzó con el Premio del Público, “Memorias de un cuerpo que arde” es una propuesta estética original y valiosa, que vuelve a colocar a Costa Rica en el mapa del mejor cine internacional. Se trata de la segunda realización de Antonella Sudasassi, después de “El despertar de las hormigas” (2019): un interesante cuento introspectivo, acerca de una madre joven quien intenta resistir ante agotadoras presiones sociales y familiares.
En esta oportunidad, Sudasassi explora nuevamente el tema de la condición femenina, ampliando sus horizontes creativos con un proyecto más ambicioso y maduro. “Memorias de un cuerpo que arde” nació como un documental de tipo convencional, acerca de la sexualidad en adultas mayores; y fue evolucionando hasta trans[1]formarse en algo distinto y único. Es una reflexión poética, muy personal y novedosa, que oscila libremente entre documental y ficción, rindiendo un cálido tributo a la mujer costarricense, su valor y resiliencia.
Relato colectivo
Desde el inicio, donde se observan detalles de la preparación de un set cinematográfico, la obra establece un curioso lazo de complicidad con el espectador. Éste es llevado a participar de los recuerdos y confesiones íntimas de algunas señoras ancianas, entrevistadas fuera de cámara.
Mientras se escuchan sus palabras en la banda sonora, se visualiza en pantalla la figura de una dama solitaria, quien evo[1]ca el pasado -incluyendo fragmentos de su pubertad y de su conflictiva relación conyugal- con una mezcla de serenidad y nostalgia, en medio de objetos y fotografías antiguas.
Por momentos, los diferentes testimonios generan confusión, al narrar episodios dispares -desde un caso de abuso infantil, hasta un despertar tardío a la sexualidad- que resultan incompatibles entre sí, dentro de una narración unitaria. No obstante, queda claro el objetivo de la autora: desarrollar un relato colectivo, enunciado por múltiples voces, pero ilustrado simbólicamente mediante un solo personaje, reforzando así el carácter universal de las experiencias reales compartidas con el público.
Son experiencias encontradas, a veces divertidas y a veces dolorosas, que remiten implícitamente a una época marcada por una cultura rígidamente patriarcal, plagada de tabúes y prejuicios, ignorancia y represión.
Orgullo para todo el país
La protagonista es encarnada por una exbailarina profesional, Sol Carballo, quien domina cada escena con su presencia natural. El papel no exige histrionismo alguno, debido a la ausencia casi total de escenas que implican intercambios de diálogos. Sin embargo, con su experto manejo de la gestualidad y su intensa expresividad, Carballo esboza un retrato humano inolvidable: una septuagenaria emancipada y segura de sí misma, quien afirma haber alcanzado la plenitud de su existencia, incluso en el ámbito sexual.
Igualmente, convencen sin reservas los intérpretes secundarios, entre los cuales destacan el veterano Leonardo Perucci -impecable- y Liliana Biamonte, quien ra[1]tifica su posición entre los talentos más sólidos del cine nacional.
Memorias de un cuerpo que arde” fue elegida para representar a Costa Rica en las competencias oficiales de los Premios Oscar y Goya. Enriquecida por una bella fotografía a colores y un diseño escenográ[1]fico esmerado, la película efectivamente constituye un pequeño, gran orgullo para todo el país, confirmando una vez más la enorme riqueza de su potencial artístico.