Prof. Julio Vindas Rodríguez
Otubre mes del adulto mayor.
Sentado en la banca del fondo, en el rincón más apartado del parque, despistado del entorno, ajeno al mundanal ruido, tranquilo y en paz está el abuelo; con su mirada fija y reposada, escrutando el mundo, oteando viejos recuerdos desde el palomar de su ternura, recuerdos que afloran como ráfagas del tiempo que le despeinan las canas y le erizan la piel … ¡cuánta sabiduría!, ¡cuánta benevolencia!; ¡cuánta bendita confianza encarna la figura de un abuelo!, -o de una abuela-; el abuelo es el patriarca de los años; la abuela es la alcahueta de ternuras y la madrasta de cariños ajenos; el abuelo acrisoló experiencias, goces y desgracias sin dejar de ser un niño; y cuando atraviesa la puerta del corazón de sus nietos, la disciplina sale volando por la ventana. El abuelo se amolda a todo sin objetar, y nadie tiene que “enseñarle” ya de cómo afrontar circunstancias y condiciones; por eso cuando quiere, también se convierte en el juguete más simple e infalible que un nieto pueda usar a su antojo.
El abuelo, si alguna vez no contesta, es porque todo lo ha escuchado; y si alguna vez parece no escuchar, es porque todo lo ha dicho; ¡parece mentira como tanta “gente” maltrate a los abuelos!; se les olvida que alguna vez les cambiaron los pañales, les limpiaron los mocos, y hasta dieron la cara en la escuela o en el colegio, cuando las calificaciones eran un rotundo “cero a la derecha”.
De alguna forma aún no dilucidada, cuando nacemos, entre todas las características que puedan describir a un bebé, creo que la más acertada es ¡la inocencia!; la inocencia debería ostentar un sitio aleccionador y mágico en el escalafón de todas las virtudes, porque es precisamente donde el ser humano retorna al final de su vida; es precisamente lo que convierte a los abuelos de nuevo en niños, en infancia plena, en permisivos “chineadores”, que solo se da cuando los años acrisolan el bagaje frutal de la experiencia, y separa la fina filigrana del alma, del torpe entramado que casi siempre resulta ser la existencia.
Cuando la inexorable niebla del tiempo, te convierte –quiéralo o no-, ¡en abuelo!; solo entonces aprendemos que el abuelo padece de una inevitable regresión a la infancia; el abuelo es un “viejo por fuera”, pero, “un niño por dentro”; el abuelo es un hogar en sí mismo, es un regazo donde acurrucar las penas, es una gran estancia de paz y sabiduría donde alivianar nuestros fracasos; pero es que también el abuelo se desahoga prodigando el cariño a sus nietos, ese cariño que quizás por ajenas circunstancias de la vida, por inexperiencia, desconocimiento o ignorancia no supo prodigar a sus propios hijos; por eso jamás habrá apretón de manos más poderoso, que la frágil manita del nieto, apretando el dedo de su abuelo; tan es así; que por lo general un abuelo, tiene que esperar la vida entera para conocer “el amor perfecto”, con la llegada del primer nieto; porque también, -de alguna forma-, el nieto posiblemente no necesitará un libro de historia si tiene un abuelo “cuenta cuentos”.
Alguna vez, cuando pase por un parque, cuando camine por la calle, cuando vaya al mercado mire de reojo; y se encontrará con muchísimos abuelos y abuelas; sentados o caminando por el umbral de la vida; que hicieron de la calma, la tranquilidad y el silencio el espacio de convocatoria consigo mismos; la vitalicia alianza con su propio corazón; su propia fiesta privada; y rompen y transgreden los barrotes de la senectud alzando vuelo con las palomas libertarias que habitan la afable solidaridad de los parques … el perpetuo amanecer … el infinito ocaso … los abuelos; viejos niños que por fin; ¡HAN OFRENDADO SU INFANCIA!.
Prof. Julio Vindas Rodríguez
San Pablo de Heredia
Poeta y músico.